No me gusta salir de paseo con la escoba las noches de tormenta.
Me gustaba con la antigua Apolonia, nos conocíamos muy bien, era hasta excitante, pero con mi nueva escoba, de momento, me da miedo. Quizás más adelante, cuando nos conozcamos mejor y haya algo más de coordinación de movimientos. No me fío de ella, ni de mí, ni del viento, ni de los rayos, la lluvia y los truenos. Que no es lo mismo caer al mar que caer sobre las rocas de la montaña o sobre un olivo o un tejado.
Esta noche hay viento y se atisba algún rayo a lo lejos, Mediterráneo adentro, ella está en el balcón, la miro y parece contenta, algo me dice que si la dejara hacer conmigo en su lomo de madera volaría como una alma que se la lleva el diablo hacia el corazón mismo de la tormenta, pero no, hoy no.
Me bajo a la calle, sola y a pie, que por lo acontecido sé que no es de las mejores alternativas pero el aire me llama, si no a volar entre sus corrientes si a dejarme peinar por sus correrías.
A veces hago cosas que no es que carezcan de sentido es que son auténticas barbaridades, a veces hago cosas raras, muy raras hasta para una treintañera piloto de escobas voladoras con termómetro, retrovisores y una cabeza de cerdo robada.
Por aquí abajo todo está tranquilo, la fiesta está en el centro y el puerto está ventoso y desierto. Lo curioso es que con el viento no se oyen apenas los lamentos de las barcas, parece como si hubieran enmudecido y en su lugar oigo portazos, árboles moviéndose (como si quisieran sacar sus raíces del asfalto y ponerse a andar, o nadar, o bailar…), bolsas de plástico volando y un martilleo ahí, en medio de la bahía.
Me dirijo a la playa, me apetece verlos pero los Ladrones de Humo no están, no están todas las noches pero tenía la esperanza de que ésta sí estuvieran, quemando y leyendo; nunca les pregunté con qué frecuencia se reunían y supongo que el viento no es favorable para leer humo, hoy es demasiado caprichoso y salvaje.
Pero sigo caminando por la playa, sobre las piedras y sobre la arena, es agradable; el viento es templado y de vez en cuando me sorprende trayéndome unas gotitas de mar mojando mis mejillas, parece un adolescente bobalicón regalando margaritas a la chica que le hace tilín, o la que se deja regalar.
“No lo hagas, no lo hagas!”
Dejo la playa antes de llegar a su rocoso amago de final y cojo carretera adentrándome en la tierra, caminando entre huertos, casas, árboles.
No hay coches circulando, ni gente a pie como yo, no hay perros ni gatos ni ratas, no hay luna tampoco, sólo algo de viento que tierra adentro parece no querer meterse.
“No vayas, no vayas!”
Y el aire está templado, agradable, voy pensando en mañana, en pasado mañana, en dentro de tres semanas, en dentro de un mes y medio. Voy pensando, feliz, fantaseando, contenta y sonriendo, sonriendo para mí y para nadie más.
Oigo un ruido arrastrándose, me doy cuenta entonces de que todo estaba demasiado silencioso o soy yo que ando muy distraída, hasta que reparo en él y también me doy cuenta de que llevo un buen rato oyéndolo sin prestarle atención. Es un ruido fino, como una i latina, con un arrastre de ies metálicas. Me sigue de cerca, me odio por ser tan distraída.
Empiezo a temer, empiezo a sentir que el aire es caliente, mucho, y se mete entre mi ropa y la piel y penetra en mi cuerpo circulando entre los glóbulos blancos, los rojos y las plaquetas. Llega por ahí al corazón y lo hace latir rápido, como una gran caldera de vapor.
Paro de andar, no puedo consentir estar presa del pánico, no permito que me sometan. Giro sobre mis talones y a mis pies redescubro una cadena, fina y plateada. Sube por mi espalda para anclarse en la argolla que rodea mi cuello. Suspiro. No me acordaba de ella, es la cadena que me une a La Parra.
La fabriqué yo en un día extraño de hiperactividad, eslabón a eslabón de sueños, promesas, ideas, realidades burbujeantes y estrellas perdidas, quedan muchos metros de cadena antes de que se tense pero no me apetece seguir andando, de repente hecho de menos el hogar. Empiezo a andar sobre mis pasos recién dados y cuando llevo unos metros de regreso una luz cegadora me sorprende por la espalda, giro de un salto, sin pensar y unos metros más allá, ahí donde estaría yo ahora de haber seguido hacia delante, ahí justo acaba de caer un rayo.
Un árbol empieza a arder.
Encadenada a la Parra...
ResponderEliminar"de repente hecho de menos el hogar"... es lo que te ha salvado, no?
Buen escrito Yvén y soprende que Apolonia no vuele contigo, supongo que LOS TIEMPOS ESTAN CAMBIANDO!!!
Perdoname por el comentario en la entrada anterior, no estaba muy en mis cabales, siento haberte hecho semejante birria de comment :))
Espero seguir viendote volar, con o sin Apolonia, con o sin tormenta...
Un placer estar en tu casa
Besos de David
Si, La Parra es la que me salva y contiene mi rapaz locura.
ResponderEliminar¿ que le pasó a apolonoa ?
ResponderEliminarLa Apolonia antigua se quemó, no lo recuerdas? Luego está la nueva pero es muy estirada...
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