lunes, 21 de marzo de 2011

Regresaba para morir.

Pisó la tierra que lo vio nacer un quince de enero; el sol intentaba calentar, entre aburrido y distante, los campos escarchados que acompañaban a la carretera que lo llevaría al pueblo. En el asiento trasero del taxi contemplaba los campos veloces y montañas venideras, apenas cambiadas con el paso de los años. Y a ellas, las eternas ovejas, perezosas y acostadas bajo los almendros desnudos.
Pronto se vestirían de novia, y él pensó que quizás no lo vería; no vería esa ristra de novias plantadas todas juntas a la espera del pistoletazo de salida a ninguna parte. Y otra vez las ovejas; un rayo perdido de luz solar le trajo un pícaro pensamiento, uno de esos que los setenta años cumplidos no le había logrado sesgar. Las ovejas parecían correr más que el auto, tanto que las mismas lograban posar para la ventanilla del taxi, así, sucesivamente, como una película tonta, bajo los almendros igualmente desnudos en los campos siguientes, los que el auto iba rebasando a su paso.

Partió al principio de la post guerra y no se podía decir que fuera la hambruna la que lo empujó a  marchar; su madre acababa de enviudar y correr con el cargo de tres hijos era mucho, así que él, que era el mayor siendo un pequeño de cuatro años, fue enviado a Francia, al cuidado de unos tíos paternos. Los únicos tíos paternos, de hecho. Había vuelto en numerosas ocasiones pero jamás en condición de residente, tan solo de vacaciones y para funerales y bodas varias. Siempre que pasó por esa carretera lo hizo pensando que era un extraño en su tierra o qué carajo! Esa no era su tierra, su hogar, sus calles y su gente estaban en la Marsella que lo acogió como a un hijo esperado. Y ahora, sesenta y seis años después de su primera marcha, que además fue por mar, reconocía en los almendros el camino a casa, a la única que le quedaba ya.
En Francia dejaba las calles vacías de su vida acabada, un negocio que se mantenía sobre pilares de acero incorrompibles y dos hijos hechos y derechos. Claire, su hermosa francesita de palabras suaves y mejillas rosadas había muerto hacía diez años; se la llevó el tren en el percance más absurdo que se recordaba en mucho tiempo, pero así fue, se la llevó de sopetón y sin previo aviso mientras él compraba los tickets de una luna de miel sobre raíles. Pasada la conmoción y el espanto empezó a rumiar la idea del regreso; “de que los lazos nunca se rompen, en todo caso se aflojan, hasta que uno se descuida y notas como el otro, el que creías muerto, estira un poco, un poco más cada vez. Y cuando los inviernos te hacen crujir los huesos y los diciembres te hielan la razón es cuando más notas la presión del hilo que se pasó las décadas vestido de seda maricona sigue en la retaguardia para tirar en forma de alambre de cerco.”


El último año lo pasó cerrando puertas y ventanas de su vida en Marsella. Sus hijos si bien no le reprochaban ese regreso, sí se contrariaban con la férrea idea de que era un adiós definitivo. Su padre bien se encargó de decirles que su tierra era esa que pisaban a diario de camino al colegio, entonces, por qué ahora volver a una tierra que sólo había sido de acogida temporal? Pero él se mantenía fiel a esa nueva idea, de loco viejo y oxidado. Y es que él, aunque nunca lo dijo ni se le notó en el semblante, notaba el peso de la muerte en el pie izquierdo, y sabía que la muerte trepaba y quería que cuando le llegara al cogote y le hiciera andar con la mirada clavada en el suelo lo pillara entre los naranjos de la huerta de su madre.


Por eso regresaba para morir.

1 comentario:

  1. Qúe alegria, Yven, volverte a leer...recreando, de nuevo, o mejor dicho, todavía, tus cuentos bajo la parra. Feliz de retomar tus historias; y agradecida.

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