Llovía a las dos treinta de la tarde tras los cristales de un ático en Alejandría; un repentino buen humor se apoderó de nosotras armándonos de sartenes, ollas, delantales y cháchara y alrededor de una mesa caoba, comiendo un rico arroz a la cubana, Elisa me contó una curiosa historia.
-Has oído hablar del hombre -sacarina, verdad?
-Ja ja, no.
-Venga ya, seguro que algo habrás oído.
-No, te estás riendo de mí, nunca oí nada de eso.
-No conoces la historia del hombre-sacarina y la señora Piedra? Es imposible. Igual cuando la oigas te suena de algo.
-Igual, pero no creo.
“ Hace algunos años- cincuenta, creo- había un hombre en Sóller, un tío guapo, pero era idiota- ya sabes, de estos rematados que están convencidos de que no hay nada más allá de la punta de su nariz, o su polla, que al caso es lo mismo. Y mira que siempre tiene que haber uno de estos, por lo menos, rondando el valle, verdad? Mi ex era igualito, me acordé mucho del hombre- sacarina cuando Julio me dejó, aunque no sé porqué te digo esto, por cierto, conoces a Julio?”
“No conozco a ningún Julio”
“Qué suerte la tuya…, bueno, el caso es que el tipo, además de lo malo mencionado era el típico hombre que endulza pero no engorda, como la sacarina, en cambio se ganó la fama de ser nocivo, muy nocivo y de provocar males con su hacer. Como la sacarina, vamos. La señorita Piedra, era eso, una mujer piedra, impenetrable e inamovible hasta que alguien, con mucha fuerza, o unos cuantos, la movió, y la dejaron en el alto de una colina, sola y a merced del viento que de tanto golpear en su cara más lisa rodó ladera abajo llevándose cuanto encontraba en su paso, aplastando todo aquello que la movió de su sitio, el hombre piedra, que a veces veía venir las cosas, más si él las provocaba, se hizo a un lado, con lo que la señorita piedra sólo lo rozó en una ráfaga de miedo. Al final la señorita piedra acabó en una casa anclada y se convirtió en la señora Piedra, el hombre sacarina siguió buscando a quien endulzar sin engordar mientras que poco a poco se iba desinflando y perdiendo el dulzor de tanto usarlo.”
“Ah…, y cuál es la moraleja? Qué relación existió entre ambos?”
“La moraleja no la acabo de ver clara, más allá de la libre interpretación y la relación entre ellos es que él logró mover la piedra para colocarla de trinchera, y claro, eso no le gusta a nadie, imagino.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario